En 2015, la revista Qué Pasa reveló que Caval —una empresa pequeña cuya socia era la nuera de la Presidenta Bachelet— consiguió un crédito de $6.500 millones del Banco de Chile, tras una reunión con su vicepresidente Andrónico Luksic, para comprar terrenos en Machalí que se valorizaban con un cambio de uso de suelo. El negocio prometía ~$3.000 millones de ganancia. La justicia no logró probar tráfico de influencias, pero sí condenó a la socia por usar facturas falsas para pagar menos impuestos.
El 5 de febrero de 2015[≈ reportaje de revista Qué Pasa, 5 de…] estalló uno de los casos que más golpeó al segundo gobierno de Michelle Bachelet. No por su monto —modesto frente a otras colusiones— sino por quiénes estaban involucrados y qué puertas se abrieron: la nuera de la Presidenta, el banco más grande del país y un negocio de tierras que dependía de una decisión municipal.
El mecanismo era una apuesta inmobiliaria con información y acceso privilegiados. Paso a paso:
El negocio era legal en teoría: comprar tierra barata y venderla cara. Lo que lo hizo escándalo fue quiénes y con qué acceso. Léelo de arriba hacia abajo:
Una hectárea rural vale poco; la misma, declarada urbana, vale mucho más. Quien sabe del cambio antes que el resto compra barato y revende caro. Mueve las perillas:
De 13 formalizados, solo unos pocos llegaron a juicio. Y aquí está el matiz incómodo: la condena final no fue por el crédito ni por la influencia, sino por facturas falsas — un delito tributario.
Caval mezcló un crédito tras una reunión con el dueño del banco, un cambio de uso de suelo y facturas falsas. Faltaban reglas de conflicto de interés y trazabilidad — y la condena llegó solo por lo tributario.
La lección: Caval mostró cómo el acceso —a un banco, a un dato municipal, a un apellido— puede valer más que el capital. La justicia solo pudo condenar las facturas falsas; el tráfico de influencias quedó sin probar. Falta un tipo penal que alcance esa zona gris.
Caval mezcló un crédito, un cambio de uso de suelo y facturas falsas. Varias de esas piezas son públicas — un periodista o un vecino atento podía tirar del hilo, como ocurrió.
Un civil puede reconstruir la compraventa y el cambio de uso de suelo con datos públicos —de hecho, el caso lo destapó la prensa— pero el tráfico de influencias no se logró probar ni siquiera en tribunales. Lo que falta: trazabilidad pública de las decisiones municipales y un tipo penal más claro para la influencia indebida.
Caval mostró cómo el acceso —a un banco, a un dato municipal, a un apellido— puede valer más que el capital. La justicia no pudo probar que la influencia fuera delito, y terminó condenando lo único cuantificable: unas facturas falsas. El daño mayor fue a la confianza pública, y ese no aparece en ninguna multa.